Para ser sincera, la palabra «independencia» era para mí solo un concepto histórico. Leía en los libros que la gente luchaba, que el país se independizaba, y nada más. Pero al crecer, me di cuenta de que la independencia no reside únicamente en el país, sino también en las personas… y que a veces ni siquiera existe.
Hoy escribo tres relatos cortos: con un poco de risa, un poco de dolor y un poco de extraño miedo.
Un día, Rashed dijo de repente: «¡A partir de hoy, quiero independencia!». Decidió no escuchar a nadie más. Pero al no encontrar nada en la nevera por la noche, fue a la habitación de su madre y le preguntó: «Mamá… ¿tienes arroz?». Su madre sonrió y le dijo: «¡Esta es tu independencia!».
Un anciano estaba sentado en silencio. Hubo un tiempo en que luchó por la independencia y tuvo muchos sueños. Ahora hay países independientes por todas partes, pero nadie está a su lado.
Dijo lentamente: «Si tan solo esta independencia nos devolviera un poco más de gente…»
Me desperté de repente en la noche. La ventana estaba abierta. El viento entraba. Sentí como si alguien susurrara: «independencia…». Me levanté y miré a mi alrededor; no había nadie. Pero esa palabra seguía resonando en mis oídos.
En realidad, es fácil hablar mucho de independencia.
Pero comprender lo que realmente significa en la propia vida es un poco más difícil.
A veces te sientes independiente, y otras veces sientes que algo se queda atrapado dentro. Quizás sea cierto… la independencia no es solo una historia externa, sino también interna.


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